martes, 15 de enero de 2013
"Son muy pocos aquellos de entre nosotros que no se han despertado a
veces antes del alba, o después de una de esas noches sin sueños que
casi nos hacen amar la muerte. [...] Fuera, se oye el agitarse de pájaros entre las hojas, o los ruidos que
hacen los hombres al dirigirse al trabajo, o los suspiros y sollozos del
viento que desciende de las montañas y vaga alrededor de la casa
silenciosa, como si temiera despertar a los que duermen, aunque está
obligado a sacar a toda costa al sueño de su cueva de color morado. Uno
tras otro se alzan los velos de delicada gasa negra, las cosas recuperan
poco a poco forma y color y vemos cómo la aurora vuelve a dar al mundo
su prístino aspecto. Los lívidos espejos recuperan su imitación de la
vida. Las velas apagadas siguen estando donde las dejamos, y a su lado
descansa el libro a medio abrir que nos proponíamos estudiar, o la flor
preparada que hemos lucido en el baile, o la carta que no nos hemos
atrevido a leer o que hemos leído demasiadas veces. Nada nos parece que
haya cambiado. De las sombras irreales de la noche renace la vida real
que conocíamos. Hemos de continuar allí donde nos habíamos visto
interrumpidos, y en ese momento nos domina una terrible sensación, la de
la necesidad de continuar, enérgicamente, el mismo ciclo agotador de
costumbres estereotipadas, o quizá, a veces, el loco deseo de que
nuestras pupilas se abran una mañana a un mundo remodelado durante la
noche para agradarnos, un mundo en el que las cosas poseerían formas y
colores recién inventados, y serían distintas, o esconderían otros
secretos, un mundo en el que el pasado tendría muy poco o ningún valor, o
sobreviviría, en cualquier caso, sin forma consciente de obligación o
de remordimiento, dado que incluso el recuerdo de una alegría tiene su
amargura, y la memoria de un placer, su dolor."