Me repetí diez mil veces a mí misma que nunca te iba a poder superar, me rehusaba a pensar que algún día te iba a tener que dejar ir, y no aceptaba la verdad, que vos no eras para mí. Lloré durante tres meses, pero eso me ayudó a darme cuenta que aunque parezca que todo se derrumba, siempre hay una recompensa al final del camino. Con el tiempo aparece otra gente, y están los amigos que te ayudan a ver mejor las cosas. Todo puede cambiar, pero uno mismo tiene que proponérselo. Y ahora estoy acá, con miedo de que me pase lo mismo, pero tratando de confiar otra vez, para ver si puedo abrir mi corazón de nuevo...